| Billete muerto |
|
|
|
| viernes, 18 de abril de 2008 | |
|
EL otro día, de repente, me vi con un billete muerto entre las manos. Con un billete recién muerto. Un muerto reciente bajo especie de papel moneda: un billete de diez mil pesetas de hace apenas nada. Lo regalaba un periódico, y llevaba la fecha de impresión del 12 de octubre de 1993. No me acostumbro a decir viejas pesetas, como no me termino de acostumbrar al hecho de contar en euros. He dado por seguro que me moriré yo también contando las cantidades precisas, sabiéndolas valorar, sólo en pesetas. Soy un viejo calculador de cantidades vivas en unidades muertas. Supongo que el presente nos desplaza del epicentro del tiempo propio con pequeños detalles, con catástrofes minúculas, y nunca con un solo gesto autoritario: una mañana se descubre uno teniendo que pedir ayuda para interpretar las instrucciones de un aparato doméstico; o se sorprende con que empieza a desenfocar la vista mientras sostiene el periódico a la distancia acostumbrada, o con que sus billetes de antes de ayer hace ya mucho que están fuera de curso legal. El presente tiene por costumbre deshabitar a sus inquilinos, dejarlos en un hondo estado de desvalimiento: con la impresión de que está constituido por una indeterminada cantidad de reminiscencias, de pasado afectivo, de cronología exhausta.
Mi billete difunto era uno de aquellos azulados de diez mil, con la cara del Rey en el anverso y la del marino Jorge Juan en el reverso (o viceversa, porque ¿cómo se puede estar seguro de cuál es la cara principal de un billete, cuál su derecho y cuál su revés?). A Jorge Juan se lo ve con su peluca de ilustrado, orlada por la rosa de los vientos, y a sus pies un diagrama geométrico trazado a compás, en recuerdo de la medida que hizo de un grado del meridiano terrestre en la línea ecuatorial. Hace apenas nada, un billete de diez mil era un señor billete, y ahora es nada apenas, una señora nada. Está claro que no es la primera vez en que una moneda deja de estar en circulación, pero es la primera vez en que esto ocurre durante la historia mía. La primera moneda mía que se me muere entre las manos. Digamos que ya estaba al tanto, desde la llegada del euro, con la inteligencia de la inteligencia, pero que lo descubrí de repente, la otra mañana, con la inteligencia del corazón, esa que sabe lo que no sabe su inteligencia gemela. Cuando niño, se me murieron, por ejemplo, los viejos francos franceses, aquellos maravillosos billetes del tamaño de una servilleta, y que sustituían a los más antiguos aún, del tamaño de una sábana. Aquella defunción me supuso una incomodidad sentimental, pero no pasó de allí. Lo de las pesetas representa una manera de incumbirme inquietante: es uno más de los rastros que deja el incesante universo cuando -por decirlo borgeanamente- se aleja de nosotros. En un súbito ensueño se me han agolpado en la imaginación todas las cosas que ese billete no podrá comprar, y que hace poco sí hubiese podido. ¿Qué libros no tendré, qué vino no beberé ya nunca, qué ropa no podré vestir jamás? Cobró de repente un aire de viaje fracasado, de cena anulada para siempre, de hotel en donde no dormiré. Es curioso: el tacto del billete muerto es el de la rigidez de lo recién impreso, con su brizna de satinado aceitoso. Le falta el tacto de la vida, que es el de un cierto unto, la mugre de andar de mano en mano. Le falta la mácula de la vida. Ahora lo llevo como punto de lectura, para indicar en dónde me quedé. Pero no sólo en dónde me quedé en la lectura del libro, sino para señalar en dónde me quedé. Lo llevo como un derroche inservible, como un gesto de inútil y trasnochado despilfarro. Articulo tomado de: ABC Valencia - España Set as favorite Bookmark
Email This
Hits: 194 Comentarios (0)
![]() Escribir comentario
|
| Siguiente > |
|---|















