Dinar islámico, la moneda del IS. RICARDO GARCÍA VILANOVA

¿Es usted aficionado a la numismática? Tarde o temprano, uno de los imperios del terror más breves será Historia; tarde o temprano, puede que usted se cruce con uno de sus vestigios más característicos: su moneda propia. Ejemplares del conocido como ‘dinar islámico’, puesto en circulación por el Estado Islámico (IS) para dar enjundia a su pseudocalifato en extinción, yacen entre sus ruinas y son codiciados por los vencedores.

“¡Mira qué tengo!”, dice enigmático tras sacarse del bolsillo su preciado souvenir de guerra uno de los combatientes que batalla en el último reducto del IS. Es una moneda de cobre ennegrecida e imperfecta. ’20 fils’, ’15 gramos’, certifica su cuantía aquel disco metálico, de unos cinco centímetros de diámetro. La inscripción en árabe que recorre el arco superior despeja dudas: “El Estado Islámico”, reza. Abajo: “Califato acorde con la senda del Profeta”.

El reverso: “La limosna más preciada procede de aquel que no tiene nada“, apela a su poseedor. No en vano la limosna -llamada ‘zakat’ en árabe- era un impuesto obligatorio bajo el yugo económico del IS. “Correspondía al 25% de nuestros beneficios”, explica el comerciante de especias Ali Abdalá, en Raqqa. Todavía muchas persianas de establecimientos de la antigua capital del “califato”conservan, pintado, el sello que certificaba su pago. Regresemos a nuestro miliciano y su moneda (“la encontré en una casa de Hayín”, dice, “hay muchas más”). En septiembre de 2015, un año después de que el autoproclamado califa Abu Bakr al Bagdhadi preconizara la “tierra de los musulmanes” desde un púlpito de Mosul, se anunció la creación del “dinar islámico”. Contribuyó a la empresa, se cree, el haber confiscado 376 millones de euros y grandes cantidades de oro de la sede del Banco Central de esa ciudad iraquí.

El Estado Islámico explicó en su propaganda que el objetivo de la divisa, inspirada en las que puso en circulación el califato omeya, era liberar a los musulmanes del orden financiero que los “esclavizó y empobreció”. A tal efecto diseñó dos piezas de oro, tres de plata y dos de bronce.

Su valor es intrínseco al del metal. El dorado, de 4,25 gramos, está fundido con oro de 21 kilates. El precio máximo de la divisa equivale a unos 610 euros. No, no es un souvenir. Es un botín de guerra. Del mismo modo que antaño las huestes de Al Baghdadi inundaron el mercado negro de antigüedades saqueadas en Irak y Siria, pronto puede que desechos insignes del califato acaben en manos de coleccionistas macabros.

En estos campos de batalla pueden hallarse cascotes y despojos. También monedas, banderines, documentos y matrículas de aquel intento siniestro de Estado. O Coranes, o espadas o, nos aseguran algunos guerrilleros kurdos, drogas y hasta películas porno.

Hoy, el califato prometido, desde el sureste asiático hasta nuestro Al Ándalus, ha quedado reducido a un puñado de parcelas menguantes. Pero el califato mental persistirá entre ex combatientes y civiles. “El Estado Islámico deja tras de sí su cultura, inoculada en la mente de la gente”, reconoce Abgar Daud, portavoz de la brigada cristiana Consejo Militar Asirio. Su colega en el frente, Roni Welat, alerta:“Podemos combatir en este terreno, pero no en sus mentes”.

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